Cecilia Arditto

…mudos dos veces…

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Recuerdo cuando era adolescente y leí por primera vez, en la escuela, “La vida es sueño” de Calderón de la Barca. Tenía 14 años y la visión del mundo en verso de Calderón me emocionaba profundamente. La poesía me ponía en sintonía con un mundo de estremecimientos y temblores. El mundo era un poema.
Con el paso del tiempo mi versión de la realidad se volvió más despojada. Me enamoré de lo blanco, lo simple, con una mirada declaradamente antipoética como sinónimo de despojo. Decir que algo es poético -como la música de Sciarrino- se volvió un insulto. Pensar en comparaciones y metáforas para referirse indirectamente a algo, se volvió algo ornamentado. Luigi Nono odiaba los trinos en su música porque eran símbolo de un adorno burgués.

El humor siempre me pareció una forma eficaz de ahuyentar el almíbar de la poesía, prefiriendo las moscas a la miel.

Pero ahora, en la penumbra de la noche que antecede al sueño, en ese limbo viejo de tiempo donde el hoy es ya pasado y a la vez puras expectativas por el después, me encuentro leyendo Sor Juana Inés de la Cruz para un nuevo proyecto.
Y me volví a emocionar hasta las lágrimas. Como cuando era chica y me abismaba el mundo, yo tirada en el pasto, mirando las copas de los árboles desde abajo, movidas por el viento.

Sosegado ya el viento, y dormido el can, éste yace, y aquel –en absoluta quietud– no mueve ni aun sus propios átomos, temiendo hacer, con su ligero susurro, algún sacrílego rumor que, aunque mínimo, profane o viole la sagrada calma nocturna… El Mar, apaciguado su tumulto, ni siquiera mecía sus olas, que son la azul y móvil cuna en que duerme el Sol… Los Peces, siempre mudos, y ahora dormidos en sus lamosas grutas submarinas, eran mudos dos veces…

Sor Juana Inés de la Cruz

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