Cecilia Arditto

Dando la nota

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En un hipotético antes, si uno vivía en el bosque se hacía una casa de madera; si uno vivía cerca de una cantera, una casa de piedra. Si vivía en el polo, una casa de hielo.
Yo vivía en el paralelo 33° y la tradición europea fue siempre prestada. Las notas venían en barco y las leyes de la armonía llegaban con un poco de distorsión y de atraso. Las recibíamos siempre con mucha algarabía mezclada con cierta solemnidad.
Yo vivía allá y la música popular, fuera de las guitarreadas de cumpleaños, era para mí aún más exótica que la segunda escuela de Viena.
A la hora de escribir pienso… ¿Y las notas? ¿Qué, dónde, por qué? ¿Con qué construyo esta casa?
¿Armonía cromática para mantener la neutralidad? ¿Una canción porque me conecta con lo que dicen que son mis fuentes? ¿Armonía espectral? ¿Música del azar?
¿Cuáles son los materiales orgánicos (me refiero siempre a las notas) que caen bajo su propio peso a la hora de escribir?

Tal vez “las notas” en algunas propuestas sean secundarias. Pero igual siguen estando. Imprimen un color, una aura, existen. De hecho están todo el tiempo aunque no se oigan. La altura del sonido es un hecho físico como la rotación de la tierra. La manera de percibir la altura es aún más estructural que el aparato auditivo. Se puede ser sordo y funcional a la armonía.

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