Cecilia Arditto

Post Term: teatro

Crónica de un hombre acompañado

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Fui a ver Las multitudes de Federico León. Una obra para 120 personas en escena, divididas en grupos categorizados por edad y sexo: los jóvenes, los adolescentes, las mujeres.
Estos grupos deambulan por el espacio escénico con su líder.  Un planteo brillante con una realización más descolorida  Es una obra que crea una gran expectativa que se  diluye un poco en la realización.

Me imagino la escritura de la obra como una partitura que coreografía el movimiento de los grupos en la escena: una polifonía del deambular. Cada voz está representado por un grupo de gente específico, con cierta vibración inestable entremedio.

Hay muchos temas implícitos en esta obra: los grupos, las pertenencias, la empatía, lo individual, lo colectivo. El tema de la exclusión, de lo diferente, de los espejos, de lo mismo. Lo mismo a través del tiempo, las distintas versiones de una misma persona, una temática que ya León trabajara en Yo en el futuro.
Viendo este deambular de gente-motivos en escena, no pensaba en los coros poderosos de Verdi, sino en la polifonía más oblicua de Machaut.
Salí del teatro volando, con ganas de todo, de escribir, de seguir profundizando en la libertad maravillosa que significa este in between géneros.

 

Posturas

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Las multitudes se relaciona especialmente con las ideas de caos y desorganización. Y, en ese sentido, relaciono este trabajo con el yoga. Las posturas del yoga son antinaturales, porque son formas que ni yo ni otros adoptamos como algo cotidiano. Sin embargo, se logra la estabilidad y la relajación necesarias para atravesar situaciones adversas. Porque ante la adversidad es importante ver qué actitud tomamos. Esto de las posturas me sirve como entrenamiento permanente para dialogar con el presente. Si en este espectáculo, por ejemplo, no cuento con el número de actores que necesito, porque faltan o por otras razones, trabajo igual. No me paralizo por lo que falta; sigo con lo que hay y como se pueda. No por eso se pierde rigor ni profundidad. En la creación de Las multitudes ha sido fundamental mantener el control y aceptar y vivir el camino que se transita con los actores y el equipo de una manera orgánica y libre.

Federico León

Al Colón

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The reflection itself is a wonder!
It encapsulates in itself some mystery of the universe.
As if reality split and turned away from itself
and got shut in as in prision, or
as thought it was laid to rest in the grave.
As though it no longer belonged to this world.
The impossibility of bringing together life and death is thus fulfilled.
Of having them together.
Of course, as part of an illusion or at play.
The feeling that we can touch eternity. Staying alive.


Let the Artists Die, Tadeusz Kantor.  (En español se tradujo como “Que revienten los artistas”)

Cuando era adolescente mi mamá me llevó al teatro San Martín en Buenos Aires a ver una obra de Tadeusz Kantor. En mi infancia setentista el San Martín era uno de los íconos máximos de la cultura de excelencia, junto con  el Colón, teatro más importante de ópera en Argentina. Otros estandartes importantes de mi educación cultural fueron la colección de música clásica de todos los tiempos del “Selecciones del Reader’s Digest” que gastamos con mis hermanas en el tocadiscos portátil Winko y la Enciclopedia Británica 1973, ojeada hasta el cansancio a falta de internet.

Sigo con mi relato. En el año 84 fuimos con mi mamá, como dos paracaidistas, a ver una obra de Tadeusz Kantor, quien estaba de gira por Buenos Aires. La obra era en polaco, sin traducción, ya que el texto no era muy importante porque se trataba de un teatro visual tipo operístico. La obra duraba como tres horas, tal vez más.
A las dos nos encantó. Ya habíamos decidido que nos iba a gustar antes de saber de qué se trataba. Pero nos gustó de verdad. Nos llamaba la atención la duración, el contacto con otro idioma y su lenguaje simbólico. Salimos emocionadas del teatro. ¡Un poco aburridas también!

Fue una experiencia profunda. Ese tipo de teatro tan abstracto estaba lejos del imaginario cultural de mi familia, aunque tal vez no tanto. Siempre encontré en mis padres esa cuota de curiosidad y de valoración por lo diferente, que abría mundos nuevos para las hijas. Aprendí de ellos no solo el amor por la cultura, sino la pasión por lo desconocido.

Ahora en Ámsterdam, en el medio de una larga noche de insomnio intermitente, me desperté soñando con Tadeusz Kantor. No recuerdo qué soñé. Redundantemente, el teatro de Kantor es el estereotipo de lo onírico, con sus paraguas y sus coros con sombreros negros de corte  expresionista. Hay un poco de Kantor en cada sueño.

Ahora, décadas después, Kantor me sigue fascinando. Me interesa su teatro visual y como plante la temática de los dobles. Desde la música, yo abordo el tema de los duplicados, con reproducciones de audio y con unísonos. Él en su teatro utiliza maniquíes en escena, que representan distintas instancias de una misma persona (¡otro tema que me fascina!) o personajes alegóricos.

Este texto fue escrito luego de una noche inquieta, llena de emociones, que ahora a la luz del día, con un mate en la mano, no han perdido su intensidad. Pienso en Kantor y en como esas influencias azarosas y profundas de la infancia empiezan a construir un mundo paralelo, con vida propia, dentro nuestro. Años después uno conecta el presente con el pasado que se creía olvidado.

Vamos, venimos, viajamos, nos olvidamos, nos despistamos y en un momento aparece ese recuerdo aislado atado a un mundo propio que estuvo gestándose mientras hacíamos otra cosa. Y damos cuenta de él un día cualquiera, mirando la tele o escuchando esa canción particular.

ADN

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Si pienso en mis raíces artísticas no pienso en la música. Lo que me ha influenciado medularmente es la literatura, el cine, el humor de la gente en la calle, las ideas de mis amigos. No se me ocurre pertenecer a una tradición musical pero sí a otros clubes.
No me conmueve la música de Juan Carlos Paz ni la de Ginastera, ni la de Kagel. Pero si adoro a Gombrowicz, a Aira, a Bioy; me encantan las películas de Rejtman, de Alonso, me gusta el teatro de Spregelburd y fundamentalmente los chistes de mi mamá.

Sacar del vocabulario: raíces artísticas.

Barrer en quintillos


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Una escuela de Merlo, pongamos por caso la 78, a unas cincuenta cuadras de la estación, por ejemplo, digamos hacia Barrio Matera. La escena transcurre en la sala de maestros, o algo así: se trata de un baño escolar en desuso, que aún conserva dos o tres mingitorios sobre los que se acumulan carpetas, libros y mapas.

Rafael Spregelburd, Acassuso

Una de las virtudes del teatro es la de construir espacios convencionales a partir de pocos objetos enunciados austeramente al comienzo de cada escena: una mesa, dos sillas, una heladera y una hornalla crearán una cocina completa; un banco, un farol y un árbol, un parque; un tablero de comandos frente a una ventanita con estrellas, una nave espacial, etc.

Estoy escribiendo una nueva pieza, Gespleten piano. La obra construye un espacio escenográfico con elementos varios como lámparas, reproductores de cinta, un espejo y una escoba – ¡además del piano, mueble formidable! Este espacio híbrido no representa un lugar determinado, como una sala de estar, sino un lugar escenográfico de índole más abstracta. Un espacio para habitar, pero de funcionalidad indefinida.
Los objetos de este lugar se comportan como instrumentos musicales y se relacionan entre sí también musicalmente. Este espacio escenográfico es un espacio musical, donde no solamente las cosas “suenan” (pueden también no sonar), sino que responden a la lógica musical. Los objetos están notados en una partitura, por lo que su comportamiento está estructurado en modo de acción (cómo) y en una línea temporal (cuándo y por cuánto tiempo). “Barrer” no es “barrer”, es tocar una escobilla gigante en el parche del suelo de la habitación en quintillos. La escoba se convierte así en una “escoba extendida”.

 

Nota a posteriori  (26/07/21)

En su versión definitiva Gespleten piano quedo sin el uso de la escoba. Incorporé la escoba en mi obra “The dearest dream”

 

Pura introducción

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“[…] nos presenta una obra sin introducción ni desenlace que pueda ser leída como puro nudo”

Rafael Spregelburd – Bloqueo

Los verbos irregulares

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Estoy leyendo Los verbos irregulares de Rafael Spregelburd. Spregelburd tiene la capacidad para subvertir la gramática instaurada de un lenguaje-como el teatro o bien podría ser la música, da lo mismo- y crear un nuevo idioma con un vocabulario más o menos común. Empecé a subrayar el libro, y debo decir que esta TODO subrayado. Siento que lo escribí yo. Me gustaría ver más cosas de Spregelburd en vivo, difícil viviendo en Holanda porque la realidad del teatro leído se me antoja parecida a la música. Las obras escritas son como partituras donde falta el proceso de la puesta, pero a la vez son grandes disparadores de la imaginación.

Quería compartir un pequeño fragmento de mi pieza Alrededor de la música, una pieza del año 2006, bastante pivote dentro de lo que venía haciendo hasta ese momento. Esta sección es en términos ortodoxos “puro teatro” pero totalmente notada en términos musicales tradicionales, un tema que me obsesiona. Este fragmento se centra sobre la música de los gestos, un silencio acústico pero no corporal. Un silencio ritmico.
En honor a “Los verbos…” Chin chin.

Bloqueo

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La última vez que estuve en Bs As vi “Bloqueo”, de Rafael Spregelburd.  Es una obra que me hubiera gustado escribir yo. No por la música que usa en la obra, no por los textos, ni sus diálogos y personajes-siempre jugando con el cliché. Sino por su manejo de la forma, por el planteo de la temporalidad, por su discurso.  Me encuentro pensando que esas obras podrían ser música.